Oscar Valverde

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Por Martin Leuful

A los 62 años falleció Oscar Valverde, un hombre profundamente identificado con Bariloche, con la mecánica, con el automovilismo y, por sobre todas las cosas, con su familia y sus amigos. Su partida deja un enorme vacío entre quienes compartimos con él años de trabajo, competencias, proyectos, charlas y esa pasión incondicional por los fierros que marcó buena parte de su vida.

Oscar “con pelo” en sus comienzos en el automovilismo, circuito el Rebenque. Foto: Aníbal Grané

Oscar nació en San Carlos de Bariloche el 15 de mayo de 1964, hijo de Humberto Valverde y Herminia Giménez. Cursó sus estudios primarios en la Escuela N.º 16 y completó la secundaria en el ex Colegio Nacional Doctor Ángel Gallardo. Junto a Alejandra Silva formó su familia y tuvo dos hijos, Nicolás y Carolina, uno de los pilares fundamentales de su vida.

La mecánica fue una pasión que heredó de su padre y que comenzó a acompañarlo desde muy chico. Con los años, aquella fascinación se convirtió en oficio, profesión y forma de vida. Trabajó como mecánico de Peugeot, luego abrió su propio taller y terminó convirtiéndose en uno de esos mecánicos reconocidos y respetados en la ciudad, de los que construyen su prestigio no solamente por sus conocimientos, sino también por la confianza que generan en quienes dejan un vehículo en sus manos.

Pero para Oscar los motores no eran solamente un trabajo. Eran una manera de entender la vida. fue navegante de varios pilotos barilochense, y se dio un gran gusto, navegar a su hijo Nicolás (fue un sueño, dijo en una entrevista)

Él mismo alguna vez recordó cómo nació esa pasión: “Desde chico estuve vinculado a la mecánica, siempre fue mi ilusión subirme a un auto. La primera vez que lo hice mi papá me llevó al Colegio 16, tenía 11 años, en un Peugeot 504 que era el auto de Humberto Caram y que corría mi papá de acompañante, y quedé alucinado”.

A los 17 años llegó otro momento que terminaría de alimentar aquella ilusión. “Luego trabajando con mi papá, Alejandro Miglio viene con un Renault 12 a correr un nacional a Bariloche y me llevó a probar el auto y la verdad quedé alucinado. De ahí en más empecé a pensar que me tenía que armar un auto y fue la ilusión de mi vida”, contó alguna vez.

Y esa ilusión se transformó en una pasión que lo acompañó durante décadas.

Oscar estuvo cerca del automovilismo, de las competencias y de todos aquellos que compartían ese mismo amor por los fierros. La mecánica le dio mucho, pero el deporte también le devolvió muchísimo. Y en ese mundo supo ocupar un lugar que iba mucho más allá del de un mecánico: fue compañero, consejero, colaborador y amigo.

Le dio una mano a cuanto amigo se le ocurrió correr. No hacía falta demasiada explicación ni demasiados pedidos. Si podía ayudar, estaba. Para preparar un auto, solucionar un problema, aportar un conocimiento o simplemente acompañar, Oscar siempre encontraba la manera de estar presente.

Ese fue también uno de sus grandes rasgos: la solidaridad.

Oscar no dudaba en brindar una mano a quien la necesitara. Lo hacía con su estilo, con su personalidad fuerte, frontal y sin demasiadas vueltas. Tenía carácter y no escondía sus pensamientos. Si algo no le gustaba, lo decía. Si estaba en desacuerdo, lo expresaba. No era de guardarse nada y tampoco de decir aquello que los demás querían escuchar simplemente para quedar bien.

Esa forma de ser, directa y auténtica, fue parte de su identidad. Y, con el tiempo, terminó siendo también una de las razones por las que se ganó el cariño y el respeto de tanta gente.

Porque Oscar era de esos hombres que dejaban huella.

Los que tuvieron la posibilidad de conocerlo saben perfectamente quién fue. Los que compartieron un taller, una carrera, una charla, una reparación, una sobremesa o simplemente un momento con él saben de su pasión por los fierros, por el automovilismo, por su familia y, especialmente, por sus hijos.

Hoy quedan los recuerdos, las anécdotas, las historias de carreras, los motores que alguna vez volvió a poner en marcha y las innumerables manos que ayudó a levantar cuando alguien necesitó de él.

Quedan también las voces de quienes seguramente, al hablar de Oscar, tendrán alguna historia para contar. Porque una vida no se mide solamente por los años vividos, sino también por las huellas que se dejan en los demás.

Y Oscar Valverde dejó muchas.

Bariloche pierde a un mecánico de enorme reconocimiento, a un apasionado de los automóviles y a un hombre de carácter fuerte. Pero, sobre todo, pierde a un amigo de muchos, de esos que estuvieron cuando había que estar.

Todos los que te conocieron saben lo que fuiste.

Y todos aquellos que alguna vez tuvimos la oportunidad de hablar con vos sabemos cuánto amabas los fierros, el automovilismo, tu familia y tus hijos.

Hasta siempre, Oscar.

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