El Cerro López fue, desde siempre, uno de los puntos emblemáticos para el montañismo de Bariloche. Su cercanía a la ciudad y su fácil acceso por las tres «picadas» (una de ellas, la «nueva», hoy desaparecida al dejarse de usar por un deslizamiento de tierras en su segunda parte) permitían un rápido acceso a las zonas altas. Por ello el Club Andino Bariloche decidió hacer allí un refugio, adquiriendo un lote de terreno en el plateau de los 1600 metros. Su construcción inicial demandó ingentes esfuerzos, en los que hay que destacar la labor de Otto Meiling y otros entusiastas de aquél momento. Se inauguró el 15 de abril de 1933, y fue frecuentado por socios del club y por muchos turistas. Años más tarde fue ampliado y mejorado. Lamentablemente, en 1957, un amontonamiento de nieve (o un alud, no hay certeza), provocó su ruina. El entonces concesionario del refugio, don Carlos Sonntag, propuso al Club que no gastara dinero en su reconstrucción: adquirió el lote contiguo y edificó él mismo el refugio actual, inaugurado en 1959. De 3 pisos, es el más amplio de los existentes en el Parque.

Carlos Sonntag fue ciertamente un gran emprendedor, además de eximio montañista, el primero en la argentina en conseguir un diploma de guía de montaña de la escuela de Chamonix. Lamentablemente sus obligaciones al frente sus emprendimientos le dificultó seguir con su vida andinística. No obstante inició a muchísimas personas en la montaña a través de las ascensiones que realizaba con turistas, y siguió con el nuevo (majestuoso, de tres pisos) durante varias décadas, manteniendo el camino que le permitía subir hasta el mismo refugio con su vehículo, (hoy está vedado subir, se llega sólo hasta el mallín) y cuidando de que todo estuviera bien en su refugio. Gran anfitrión, no dudaba en dar toda la información posible a quienes querían hacer alguna de las muchas posibilidades que el López aún hoy brinda a los entusiastas.

Severo con las normas de convivencia (silencio nocturno; hora de acostarse, etc.) no dudaba en desaconsejar e incluso en no autorizar determinadas actividades (como la archiconocida travesía López-Laguna Negra) cuando no estaban dadas las condiciones meteorológicas o cuando veía que los caminantes «no estaban en condiciones ellos». Tenía el refugio totalmente tapizado, en sus paredes internas, con cientos de recuerdos: banderines, escudos, alguna piqueta, mensajes, fotos, banderas, y el recordado panel reversible con «los grandes inventos», dos pinturas (una a cada lado del panel) que representaban graciosas maneras de ahorrar esfuerzos a los ascensionistas. Cabe destacar que estuvo SIEMPRE acompañado por su mujer en la administración del refugio, y por sus hijos, que incluso lo ayudaban a llevar gente al filo (a precios económicos). Cuando él y su señora decidieron dejar de pasar las temporadas estivales en el refugio, continuaron su obra Uchi Sonntag y su marido Marcos Massón, junto con Calile Sonntag, que lo administraron con esmero hasta que hubo de ser entregado a la empresa Olympus que lo había adquirido. En sus años finales, Carlos gustaba de observar las estrellas con su telescopio. Otro día hablaremos de la participación de Carlos en expediciones del CAB en Patagonia (Primera expedición juvenil al Hielo Continental; intento al vedado Paine grande junto con Davorin Jereb, etc.).

Este domingo, y con justicia, el refugio comenzará a llevar su nombre. Un gran homenaje a Don Carlos, testigo de las primeras ascenciones en Bariloche.